La última gran empresa real del XVIII valenciano, donde la memoria templaria, la Orden de Montesa y el neoclasicismo de corte se dan cita en la plaza del Temple.
El conjunto del Temple —iglesia, convento y colegio de la Orden de Montesa— conserva en su nombre una memoria que lo precede en varios siglos. Tras la conquista de València, Jaume I cedió en 1238 a la Orden del Temple la fortaleza, la torre y las casas contiguas al lugar donde se había izado el pendón real: el entorno de la torre de Ali Bufat, uno de los accesos principales de la ciudad andalusí. Disuelta la orden templaria, su patrimonio pasó en 1317, ya bajo Jaume II, a la recién creada Orden de Montesa, que mantuvo el topónimo hasta hoy.

Una promoción de Carlos III
Del primitivo cenobio no queda nada en pie. El terremoto de 1748 arruinó el castillo de Montesa, sede de la Orden, y empujó a los conventuales a trasladarse a València. La construcción del nuevo conjunto, impulsada por Carlos III, constituyó —junto a la Aduana— la mayor empresa de promoción real en la ciudad a lo largo del siglo XVIII. Las obras arrancaron en 1761 y concluyeron, en lo esencial, en 1770; la Capilla de la Comunión, dedicada a San Jorge, no se remató hasta 1785.
La traza definitiva corrió a cargo del arquitecto madrileño Miguel Fernández (1726-1786), discípulo de Francesco Sabatini y futuro director de la Academia de San Fernando. El resultado es un neoclasicismo de marcado acento italiano, severo en el convento —frontones triangulares sobre los vanos, sin columnas ni pilastras— y monumental en la iglesia, cuya fachada queda presidida por dos torres gemelas que flanquean un gran frontón. Solo el revestimiento de teja vidriada de torres y cúpula delata la tradición propiamente valenciana.

El interior
La iglesia, de nave única con capillas laterales y crucero coronado por cúpula sobre tambor y linterna, se organiza en torno al baldaquín que el propio Miguel Fernández diseñó: un templete de mármoles y jaspes de variado colorido, con cuatro pares de columnas y una estrella de bronce dorado por remate, que cobija la imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro.

Las bóvedas del presbiterio y las pechinas guardan los frescos de José Vergara Gimeno, ejecutados hacia 1770; de las perspectivas fingidas que animan los muros se ocupó Felipe Fontana.

Regida por los padres redentoristas desde 1917, la iglesia hizo suya la devoción al Perpetuo Socorro, que late en el programa epigráfico mariano de sus bóvedas —Ave Maris Stella, la travesía del mare magnum, la invocación al Monte Líbano— en clara alusión al origen oriental del icono. Antes había conocido tiempos difíciles: perdió el culto en 1835 con la Desamortización, lo recuperó en 1854 y, durante la Guerra Civil, sirvió de almacén sin llegar a incendiarse, aunque desaparecieron buena parte de sus bienes muebles.
Declarado Bien de Interés Cultural en 1978, el palacio anexo alberga hoy la Delegación del Gobierno, mientras el templo afronta una intervención de conservación —de ahí las redes que velan parte de sus bóvedas en estas imágenes.

📷 Canon EOS RP · Irix 11 mm f/4 Blackstone
Ninguna excusa.






